CARTA DIRIGIDA A LOS QUE “ESTÁN AFUERA”

Mas… turbaciones mentales. Serie semanal.

Por Gilberto Castrejón Doctor en Filosofía de la Ciencia
Por Gilberto Castrejón
Doctor en Filosofía de la Ciencia
Twitter: @gil_castrejon

A estas alturas, en donde el mundo es comandado por un solo espíritu (capitalista), supongo que para muchos podría parecer un tanto ridículo ser socialista, claro, como ridículo a veces las preocupaciones materialistas de esos muchos frente a la imagen de Adán y Eva corriendo libres en el paraíso. 

Haciendo un poco de memoria, la humanidad siempre ha producido personajes tipo que llegan a influir enormemente en el curso de la historia, y acaso incluso comandar las acciones. Están por ejemplo: el santo del Cristianismo; el caballero medieval; la esposa abnegada y sumisa de la era victoriana; el científico loco y desalineado; el artista maldito; el político corrupto y ansioso de poder; el empresario exitoso y déspota; etc.; y, cosa curiosa, desde hace algunas décadas: el hombre hecho a sí mismo, triunfador en su vida profesional, capitalista por donde se le vea, amante de los placeres y consentidor de todos sus caprichos, pero que a su vez, y esto es lo más paradójico: carece de un sistema, de una estructura de la realidad que le permita comprender y comandar el mundo en el que vive, y que siendo consciente de esto, sólo se dedica a ser víctima del drama humano que le ha tocado, de su desolada y parca situación. Sobre este último personaje tipo quisiera acuñar unas cuantas palabras.    

El personaje tipo del que hablaba líneas arriba, y el cual resulta fácil de encontrar por todas partes, es un ser característico de nuestros tiempos, todos tenemos un poco de él. “Dinero, dinero, dinero…”, he aquí un grito de batalla que nos martillea desde hace mucho, y que me hace recordar cuando tomé mi primera clase en una escuela (ESFM-IPN) de esas que suelen ser un tanto “incómodas” para el sistema neoliberalista de hoy. El profesor nos preguntó que cuántos habíamos escogido la carrera como primera opción, lo más curioso es que desde su punto de vista se refería a cuántos de entre alrededor de sesenta creíamos tener definida nuestra vocación, según recuerdo sólo cinco levantamos la mano, de los cuales en la actualidad la mayoría ha dejado de ejercer su oficio para ejercer una profesión y “ganarse la vida”, pues el mundo que nos rodea se ha encargado de hacernos ver que los ideales posiblemente pertenecen a un mundo que no es este mundo, que de nada sirven la revolución, el arte o amar el conocimiento por el conocimiento si no se tiene “billete”.

Anthony Giddens menciona que “el mundo tiene prisa”, y pues, viendo cómo es el ser que lo habita, quizá tenga razón: éste es esquizofrénico, ansioso, paranoico, hedonista, consumidor… Tiene muchas veces amputado el espíritu y pretende encubrirse con una imagen artificial de sí mismo. Hoy, muchos de los habitantes del siglo XXI, pensamos que nuestras posesiones nos definen, buscamos afuera algo que nos hace falta, y el dinero: ese embaucador de ilusiones que cosifica deseos, y que claro que da, entre muchas cosas, para comer y cumplir caprichos, pero curiosamente sólo da alimentos terrenales; éste nuevo demonio que hace la vida más fácil pero no por eso “llevadera”, cuyos íconos están ahí rodeándonos, es como toda religión: promete un mundo mejor, aunque a diferencia de ésta, ese mundo no forme parte de la cartografía humana más íntima y trascendente.

Creemos que un buen trabajo es donde se gana bien aunque de verdad detestemos la actividad desempeñada, como si se cumpliera la fórmula cínica de Gottfried Benn: “Ser tonto y tener trabajo, he ahí la felicidad.” O como un chilango alguna vez dijo: “Mas vale ser un pobre pendejo que un pendejo pobre…”  

Tener dinero es bueno siempre y cuando se use para lo único que sirve: para gastarlo. Ya me imagino al avaro de Moliere angustiándose en un mundo como el nuestro, en el que el bien que se posee sólo está representado en cifras de ordenadores, estados de cuenta y plásticos que valen tanto como “el poder de una firma.” Con esto sólo puedo pensar que el dinero es como una carta de suicidio, escrita por aquéllos que lo desean y no lo tienen, por esos que alguna vez lo tuvieron pero que lo han perdido, o incluso por quien ya lo tiene y siente pavor al pensar que puede perderlo. <<Dadme el jodido dinero y ya está.>> He aquí otro grito de batalla, aunque lo más curioso es que no necesariamente el dinero lo vuelve a uno mejor persona, y sólo provoque rodearse de gente y objetos para llenar un vacío con otro vacío. ¿Acaso no para estas nuevas “juventudes maquiavélicas” el dinero es el fin, y los medios salen sobrando?, por eso hay tanto “adulto” rico e inoperante en un mundo como el nuestro, además de frustrado.

 

ATTE. Un “príncipe” pobre en el exilio jejeje.

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