En la práctica, esto se traduce en itinerarios más fragmentados, pero también más enriquecidos. Los trayectos ya no se conciben únicamente como un medio para llegar a un destino final, sino como parte misma de la experiencia. La ruta importa tanto como la llegada. Y en ese recorrido, los tiempos de espera, las escalas y los espacios intermedios comienzan a tener un peso distinto.

El viaje ya no se mide en kilómetros sino en experiencias

  • Los viajes regionales crecieron casi 85% entre 2023 y 2025, reflejando una mayor frecuencia de desplazamientos y una preferencia por itinerarios más flexibles y conectado
  • 60% de los viajeros gasta más en aeropuertos cuando los procesos son más ágiles

Ciudad de México – 16 de junio del 2026 – Viajar está dejando de ser una pausa en la rutina para convertirse en una forma de vivirla. Cada vez más personas están replanteando la manera en la que construyen sus viajes, alejándose de la idea de un solo destino y optando por trayectos que combinan varias ciudades, experiencias y momentos en un mismo recorrido. No se trata necesariamente de viajar más lejos, sino de aprovechar mejor cada desplazamiento.

Detrás de este cambio hay una transformación generacional, según datos de Kantar, casi la mitad de la Generación Z ha visitado múltiples países en un solo viaje, una proporción mayor que la de cualquier otro grupo. A esto se suma que, según American Express, más del 40% de los consumidores planea aumentar su gasto en viajes en 2026, incluso en un contexto de mayor cautela económica. Lejos de recortar este tipo de experiencias, las nuevas generaciones parecen estar reorganizando sus prioridades: para el 74% de Millennials y Gen Z, viajar es un gasto esencial, no opcional.

En la práctica, esto se traduce en itinerarios más fragmentados, pero también más enriquecidos. Los trayectos ya no se conciben únicamente como un medio para llegar a un destino final, sino como parte misma de la experiencia. La ruta importa tanto como la llegada. Y en ese recorrido, los tiempos de espera, las escalas y los espacios intermedios comienzan a tener un peso distinto.

Los aeropuertos, por ejemplo, han dejado de ser lugares de tránsito para convertirse en entornos donde sucede una parte importante del viaje. Según datos de Collinson Group, el 60% de los viajeros afirma gastar más tiempo y dinero en estos espacios cuando los procesos son más ágiles, lo que sugiere que la experiencia comienza mucho antes de abordar un avión.

Al mismo tiempo, los desplazamientos dentro de una misma región han cobrado fuerza, de acuerdo con ese mismo estudio, las visitas a salas VIP en viajes regionales pasaron de 29.4 millones en 2023 a más de 54.3 millones en 2025, un crecimiento cercano al 85%. Más que una cifra, este incremento refleja una tendencia: viajes más frecuentes, más cortos y, en muchos casos, mejor conectados.

Este nuevo ritmo de viaje también está redefiniendo la forma en que las personas se relacionan con la planificación. Si antes organizar un viaje implicaba coordinar vuelos, hospedaje y actividades por separado, hoy existe una expectativa más amplia donde buscamos integrar todo el recorrido en una experiencia continua, sin fricciones innecesarias. La tecnología juega un papel evidente en este cambio, pero más como facilitador que como protagonista.

En ese sentido, el desarrollo de plataformas que buscan centralizar distintos momentos del viaje (desde la planeación hasta el acceso a beneficios) responde a una necesidad concreta de simplificar una experiencia que, paradójicamente, se ha vuelto más compleja. No es tanto una cuestión de novedad, sino de coherencia con la forma en que las personas se mueven hoy. 

Lo que emerge es un viajero que ya no separa el viaje de su vida cotidiana, que busca experiencias más diversas en menos tiempo y que valora tanto la flexibilidad como la continuidad. Un perfil que, más que perseguir destinos específicos, parece interesado en construir recorridos propios.

En ese contexto, viajar deja de ser una narrativa lineal (salida, destino, regreso) para convertirse en algo más abierto, más fragmentado y, en muchos sentidos, más personal. Y quizá ahí está el verdadero cambio, no en la cantidad de lugares que se visitan, sino en la manera en que esos trayectos empiezan a entrelazarse con la vida misma.

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