| Preocupaciones y enfermedades |
| Cuando aprendemos a vivir con moderación, confianza y serenidad, no solo mejora nuestro estado de ánimo, también protegemos nuestra salud física Por el Dr. Salvador Echeagaray, académico de la Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG). Vivimos en una época en la que muchas personas cargan preocupaciones constantes: el trabajo, la familia, la economía, la salud o el futuro. Preocuparse es algo normal; de hecho, nos ayuda a prever problemas y prepararnos para ellos. Sin embargo, cuando las preocupaciones ocupan nuestra mente día y noche, pueden transformarse en estrés crónico y terminar afectando seriamente nuestro cuerpo. Los médicos y psicólogos señalan que el estrés prolongado puede relacionarse con insomnio, dolores musculares, problemas digestivos, hipertensión, cansancio permanente e incluso un debilitamiento del sistema inmunológico. Pero esta idea no es nueva. Desde hace siglos, grandes filósofos observaron que existe una profunda relación entre la vida interior y la salud de la persona. La importancia del equilibrio Aristóteles enseñaba que la virtud consiste en encontrar el «justo medio» entre los extremos. Para él, una vida equilibrada conduce a la felicidad verdadera o eudaimonía. También sostenía que el ser humano es una unidad de cuerpo y alma, por lo que lo que afecta a una dimensión termina influyendo en la otra. Aplicado a nuestra vida cotidiana, Aristóteles nos recordaría que no debemos dejarnos dominar por los temores. La prudencia nos ayuda a resolver problemas reales, pero la preocupación excesiva nos roba la paz y nos impide actuar con claridad. Cuando una persona pasa horas imaginando desgracias futuras, está viviendo fuera del equilibrio. Por eso, una primera regla para proteger nuestra salud es distinguir entre lo que podemos cambiar y lo que no podemos cambiar. Debemos actuar sobre lo primero y aceptar serenamente lo segundo. Un corazón inquieto necesita descanso San Agustín escribió una frase célebre: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Con estas palabras quiso expresar que el ser humano busca constantemente seguridad, felicidad y sentido. Muchas veces intentamos encontrar esa tranquilidad en el dinero, el reconocimiento o el éxito, pero descubrimos que nada de eso basta para calmar completamente nuestras inquietudes. Las preocupaciones se vuelven enfermizas cuando creemos que todo depende exclusivamente de nosotros. Entonces aparece la ansiedad: queremos controlar cada situación, cada resultado y cada problema. San Agustín propone otro camino: reconocer nuestros límites y confiar. Incluso para quienes no tienen una práctica religiosa intensa, esta enseñanza sigue siendo valiosa. Aprender a soltar lo que no podemos controlar, dedicar tiempo al silencio, la reflexión y la vida espiritual ayuda a disminuir la tensión emocional y a recuperar la paz interior. Ordenar las emociones Santo Tomás de Aquino estudió profundamente las pasiones humanas, como el miedo, la tristeza, la esperanza y la alegría. Consideraba que las emociones son naturales y necesarias, pero que deben estar guiadas por la razón. Según el Aquinate, el problema no es sentir miedo o preocupación. El problema surge cuando esas emociones gobiernan toda nuestra vida. Cuando la razón pierde el control, la persona comienza a reaccionar impulsivamente y su cuerpo termina pagando las consecuencias. Tomás aconsejaría cultivar hábitos que fortalezcan tanto la mente como el cuerpo. El orden en los horarios, el descanso adecuado, la alimentación saludable, la amistad sincera y la vida espiritual ayudan a mantener las emociones en su justa medida. En otras palabras, las preocupaciones disminuyen cuando desarrollamos una vida ordenada. Cinco hábitos para evitar que el estrés enferme el cuerpo 1. Dormir lo suficiente. El descanso permite que el cuerpo y la mente se recuperen. 2. Hacer ejercicio regularmente. Caminar, nadar o realizar alguna actividad física ayuda a liberar tensiones. 3. Hablar de los problemas. Compartir las cargas con amigos, familiares o profesionales evita que crezcan dentro de nosotros. 4. Practicar momentos de silencio y reflexión. La oración, la meditación o la lectura permiten recuperar la serenidad. 5. Vivir el presente. Muchas preocupaciones nacen de imaginar futuros que quizá nunca ocurran. Ergo: Las preocupaciones son parte inevitable de la vida, pero no deben convertirse en nuestras dueñas. Aristóteles nos enseña el valor del equilibrio, San Agustín nos recuerda la necesidad de encontrar un descanso profundo para el corazón, y Santo Tomás de Aquino nos invita a ordenar nuestras emociones mediante la razón y los buenos hábitos. Cuando aprendemos a vivir con moderación, confianza y serenidad, no solo mejora nuestro estado de ánimo: también protegemos nuestra salud física. Un corazón en paz ayuda a que el cuerpo viva mejor. Y una mente tranquila suele ser el mejor medicamento para muchas de las enfermedades que nacen de la preocupación excesiva. El autor es director del Departamento de Filosofía de la UAG. |




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