Palabras pronunciadas por el cineasta mexicano Alfonso Cuarón durante la ceremonia de condecoración de la Orden de las Artes y las Letras por parte de la Embajadora de Francia, Delphine Borione, el miércoles 21 de octubre en el Centro Cultural Clavijero, en el 24º Festival Internacional de Cine de Morelia
Agradezco al equipo de la Embajada de Francia, a Alejandro Ramírez Magaña, también a Daniela Michel, por su gran trabajo. Muchísimas gracias. Señoras y señores, muy buenas noches a todos. Muchas gracias por el reconocimiento que me otorgan y la por la paciencia que tendrán al escucharme. No soy un orador ni un conferencista, así que intentaré ser breve.
Hacia la mitad de Plataforma, la novela de Michel Houellebecq, el narrador se hace una reflexión que se ha vuelto célebre: “Todo puede ocurrir en la vida y, sobre todo, nada”. La frase parece condensar en su aforismo el pesimismo esencial de su autor, pero la celebridad, trátese de frases o de personas, es una fábrica de equívocos. Y en este caso, los fabrica por partida doble. Primero, porque quien dice la frase no es el autor de la novela sino el personaje que la narra. Y, en segundo lugar, porque se la dice justo en momento en el que algo acaba de ocurrirle algo que desmiente su pesimismo.
Quizá haya vidas en que, sobre todo, no ocurra nada. No es la mía, que ha estado llena de sorpresas. Nunca esperé este reconocimiento que usted hoy se me hace. Me ha conmovido, pero también me ha hecho cobrar conciencia con cierta perplejidad de la enorme deuda que tengo con Francia, o mejor dicho, con mis raíces francesas. No son raíces genéticas, sino culturales. Y las comparto con muchos mexicanos, porque la cultura francesa fue decisiva en la conformación de la identidad del México moderno.
La independencia de México, como la de todas las naciones hispanoamericanas, no se explica sin el pensamiento de la Ilustración. Y en las primeras décadas de nuestra vida independiente, no se entienden sin la relación con Francia. Casi siempre de amistad, a veces de enfrentamientos, pero siempre fecunda.
Diego Rivera, el más famoso de los muralistas y aquel cuya obra es la más visible en el paisaje de la Ciudad de México, se formó en Francia. Alfonso Reyes, Octavio Paz, Carlos Fuentes, algunos de los escritores mexicanos más renombrados del siglo XX, compartieron la pasión por Francia.
Y aunque la traza y la arquitectura del centro de la ciudad son, por supuesto, novohispanas y recrean modelos españoles, varios de sus edificios emblemáticos son obra de arquitectos franceses o de inspiración francesa. La huella es aún más notoria en las colonias que crecieron durante la primera mitad del siglo XX: la Juárez, la Condesa y la Roma, donde pasé mi infancia y mi adolescencia.
Pero mi paisaje francés era sobre todo interior. No fui un niño eremita ni un ratón de biblioteca, sino más bien un joven flâneur, dispuesto a emocionarse como Baudelaire ante la visión de una transeúnte. Y sin embargo, me formaron más la ironía de La Montaigne y su crítica al poder que la rigidez del del Manual de Carreño.
Los cuentos populares europeos no me llegaron de viva voz, sino por las páginas de Charles Perrault; al mismo tiempo que las historias de Astérix me iniciaban en la historia antigua de Francia. Más de una vez recorrí ese enorme edificio narrativo que es El conde de Montecristo. En las pocas páginas de El principito, Saint-Exupéry me puso a pensar.
Más adelante, estudiar filosofía y cine en la Universidad hizo que se me acercara a la filosofía francesa de un modo peculiar. En la adolescencia, la banda sonora de mis andares fueron Henri Dutilleux y Pierre Boulez, y las Lecciones de tinieblas, de Couperin. Y mi educación sentimental estuvo a cargo a cargo de Raymond Radiguet.
Fue el estudio del cine lo que llevó a Deleuze a valorar el pensamiento de Bergson y su noción del tiempo como experiencia personal antes que como concepción abstracta, como la demostró en su debate con Einstein en París ese abril de 1922. Ese acercamiento bergsoniano ha sido fundamental para mí y estaba por encima de todo el cine.
En mis películas, Francia aparece, a veces como guiño, a veces como trasfondo. En Roma hay una escena en la que Cleo y Fermín entran en una sala de cine. Ella, en la oscuridad le hace una confesión. Él, al escucharla, huye.
Mientras tanto, en la pantalla se proyecta La grande vadrouille, la película de Gerard Oury que vuelve comedia el trágico trasfondo histórico sobre el que transcurre y que vi incontablemente durante mi infancia.
Al final de otra película mía, Y tu mamá también, hay otra confesión, esta vez sin palabras. Y otra referencia al cine francés. El baile de Maribel Verdú que seduce y libera a los dos amigos rinde homenaje a Yveline Céry en Adieu Philippine. La alusión es también un reconocimiento a lo mucho que mi película le debe a Jacques Rozier. Y en un sentido más amplio de lo que mi cine le debe a la Nouvelle Vague.
¿Y cuál es este sentido más amplio? Aquel en el que el cine no es un arte narrativo, sino un arte musical, una creación de rítmica, una forma orgánica con un latido propio que le da una imagen directa del tiempo. Eso lo intuí desde un principio. En 1983, cuando todavía estudiante de cine, filmé un cortometraje inspirado en Un hombre que duerme, la novela de Georges Perec. Se llamó Cuarteto para el fin del tiempo. El título está tomado de la obra de cámara de Olivier Messiaen, que compuso en 1941 en el campo de prisioneros de la guerra alemana de Görlitz. Messiaen, a su vez lo tomó de un pasaje del Apocalipsis de San Juan. Modernamente, la palabra Apocalipsis se entiende predominantemente como catástrofe, pero en su sentido estricto es revelación, desvelamiento.
El fin del tiempo en la obra de Messiaen no es la aniquilación, sino el fin del tiempo humano y la apertura a lo que trasciende. Es una obra de fe y de esperanza. Vivimos una época convulsa. Francia, en particular, atraviesa un momento de agitación. La juventud francesa ha alzado la voz contra la noción de vivir el mejor de los mundos posibles de Pangloss, para exigir un cambio. Espero que sus voces sean escuchadas y no sean secuestradas por los oportunismos de los modernos Fouché.
Estamos, quizá, ante el fin de una época pero también, estoy seguro, ante el comienzo de una renovación. No puedo pensar distinto. Permítame decirle decirlo con algunas palabras de Pascal Quignard, un escritor para mí esencial: No creo que el arte pueda ser nunca negativo. Ignora la negación, puesto que ignora el tiempo.
¡Muchas gracias!




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